Entender el dolor de alguien puede ayudarnos a acompañarlo. Pero ¿qué pasa cuando esa comprensión se convierte en la razón para aguantar todo?
“Todos tenemos procesos diferentes”.
“Es su manera de canalizar lo que siente”.
“Entiendo su dolor”.
“No es el momento de hablarlo”.
“Tiene muchos problemas y debo entenderlo”.
Quizás has dicho alguna de estas frases. Quizás las has repetido tantas veces que ya aparecen automáticamente cuando alguien te decepciona, te habla mal o vuelve a dejar tus necesidades para después.
Todas pueden expresar una comprensión sincera. Cada persona enfrenta sus dificultades con las herramientas que tiene, y conocer su historia puede ayudarnos a mirar sus acciones con mayor sensibilidad.
La pregunta aparece cuando esas explicaciones empiezan a ocupar todo el espacio y nuestros sentimientos se quedan sin lugar.
Cuando siempre hay una razón para aguantar
Al principio, cedes porque sabes que la otra persona está pasando por un momento difícil. Decides esperar para hablar. Le das espacio. Intentas no tomar sus reacciones como algo personal.
Pero el tiempo pasa y siempre surge otra razón para posponer la conversación.
Entonces empiezas a medir tus palabras, a guardar lo que te duele y a preguntarte si pedir atención, respeto o reciprocidad será demasiado. Te acostumbras a comprender tanto al otro que dejas de escucharte.
Ahí vale la pena detenerse: ¿estás eligiendo tener paciencia o sientes que ya no tienes permiso para poner un límite?
Comprender una conducta no significa aceptarla
Podemos entender que alguien está atravesando una pérdida, una crisis o una etapa de mucha presión. También podemos reconocer que su manera de tratarnos nos está haciendo daño.
Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Decir “sé que estás pasando por algo difícil, pero necesito que me hables con respeto” no borra nuestra empatía. Permite expresar una necesidad que también merece consideración.
El dolor puede explicar una reacción. Aun así, queda espacio para asumir responsabilidades, pedir disculpas y buscar otra manera de relacionarse.
¿Dónde está el límite?
No existe una medida que sirva para todas las relaciones. Una situación aislada, acompañada de una disculpa y un esfuerzo por reparar, merece una mirada distinta a una conducta que se repite y siempre encuentra una justificación.
Más que contar cuántas oportunidades hemos dado, conviene observar qué sucede con ellas:
- ¿Podemos expresar lo que sentimos sin recibir burlas, reproches o descalificaciones?
- ¿La otra persona reconoce cómo nos afectan sus acciones?
- ¿Hay cambios que se sostienen o la conversación termina siempre en la misma promesa?
- ¿La comprensión circula en ambas direcciones?
- ¿Nos sentimos libres de decir “hoy no puedo” o “esto no lo acepto”?
Estas preguntas pueden ayudarnos a reconocer cuánto espacio estamos teniendo dentro de esa relación.
La pregunta incómoda
A veces, después de justificar demasiado, aparece una frase que quizás no suene elegante, pero sí honesta:
“¿Estoy siendo empático o estoy siendo el pendejo que aguanta todo en nombre de la fulana empatía?”
Sentir que hemos aguantado demasiado puede traer rabia, tristeza y hasta vergüenza. Pero haber confiado, querido o intentado comprender a alguien no nos hace tontos.
Lo que podemos hacer ahora es revisar qué estamos aceptando y qué necesitamos cambiar.
Tal vez hace falta una conversación pendiente. Tal vez necesitamos dejar de estar disponibles a cualquier hora. O tomar distancia de una dinámica que sigue lastimándonos.
Un límite puede empezar con algo tan concreto como: “Quiero escucharte, pero si me insultas voy a terminar esta conversación”.
También merecemos comprensión
La empatía tiene un valor enorme en nuestras relaciones. Nos permite acompañar, escuchar y recordar que rara vez conocemos todo lo que una persona está viviendo.
Ese mismo cuidado también debe alcanzarnos.
Podemos respetar los procesos ajenos sin dejar nuestra vida en pausa indefinidamente. Podemos ofrecer apoyo reconociendo lo que está a nuestro alcance. Podemos querer a alguien y decidir que cierta forma de relacionarnos ya no nos hace bien.
¿Qué has justificado tantas veces que ya te cuesta reconocer tu propio límite?
