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i siempre llegas tarde, la psicología tiene una explicación: no siempre es falta de organización

Si siempre llegas tarde, la psicología tiene una explicación: no siempre es falta de organización

Hay personas que viven mirando el reloj y aun así terminan llegando tarde. No necesariamente lo hacen por falta de respeto, desinterés o mala planificación: la psicología ha identificado varios mecanismos que pueden hacer que subestimemos el tiempo, sobrecarguemos nuestros últimos minutos y confiemos demasiado en que “esta vez sí nos dará tiempo”.

“Todavía me da tiempo”.

Probablemente sea una de las frases más repetidas por las personas que llegan tarde.

Cinco minutos para terminar una tarea. Otros cinco para responder un mensaje. Una ducha rápida, vestirse, preparar las cosas y salir. Sobre el papel, todo parece encajar. El problema aparece cuando esos pequeños cálculos empiezan a acumularse y, de repente, ya es la hora a la que deberíamos estar llegando.

Si esto te ocurre con frecuencia, quizá el problema no sea simplemente que no sabes organizarte.

La psicología lleva décadas estudiando por qué las personas subestiman el tiempo que necesitan para completar determinadas tareas y por qué, incluso después de haber comprobado repetidamente que sus cálculos son demasiado optimistas, pueden volver a cometer el mismo error.

El cerebro puede hacernos creer que tenemos más tiempo del que realmente tenemos

Uno de los conceptos más estudiados en este ámbito es la llamada falacia de planificación (planning fallacy).

El término fue introducido por los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky para describir nuestra tendencia a realizar estimaciones demasiado optimistas sobre cuánto tardaremos en completar una tarea.

Lo curioso es que no necesariamente somos incapaces de recordar experiencias anteriores.

Podemos saber perfectamente que preparar a los niños para salir de casa suele llevarnos media hora, que encontrar estacionamiento puede ser complicado o que el trayecto normalmente dura más de lo que pensamos. Y, aun así, cuando llega el momento de hacer el cálculo, podemos imaginar un escenario mucho más favorable:

“Hoy salgo rápido”.

“Esta vez no habrá tráfico”.

“No me voy a entretener”.

“Solo tengo que terminar una cosa”.

Ahí aparece una de las claves de la impuntualidad habitual: no calculamos únicamente cuánto suele durar una tarea; muchas veces imaginamos cuánto duraría si todo saliera bien.

La investigación sobre la falacia de planificación ha documentado precisamente esta tendencia a subestimar los tiempos necesarios, incluso cuando existe experiencia previa que podría servir para hacer una predicción más realista.

El problema puede estar en esos cinco minutos que siempre intentamos aprovechar

Hay otro comportamiento muy común: utilizar hasta el último minuto disponible.

Imagina que tienes que salir de casa a las 8:00.

A las 7:40 piensas que todavía puedes responder un correo.

A las 7:45 recuerdas que necesitas recoger algo.

A las 7:50 decides preparar un café.

A las 7:55 todavía estás convencido de que puedes salir “en un momento”.

El problema no es necesariamente que no sepas qué hora es.

Es que cada actividad individual parece suficientemente pequeña como para caber en el margen que queda.

Diana DeLonzor, especialista en gestión del tiempo y autora de Never Be Late Again, ha descrito distintos perfiles de personas que tienden a llegar tarde. Entre ellos se encuentran quienes disfrutan de la presión de última hora y quienes intentan incluir demasiadas actividades en un periodo de tiempo limitado.

No se trata de una clasificación clínica de la personalidad, pero ayuda a explicar un comportamiento que muchas personas reconocen inmediatamente en sí mismas: la necesidad de aprovechar hasta el último segundo antes de salir.

¿Son más optimistas las personas que llegan tarde?

La respuesta requiere un matiz.

No existe evidencia suficiente para afirmar que todas las personas impuntuales sean “optimistas” como rasgo de personalidad. Sin embargo, sí puede existir un componente de optimismo en la manera en que algunas personas calculan el tiempo.

Cuando hacemos una predicción sobre cuánto tardaremos, podemos imaginar que las cosas funcionarán según lo previsto y dejar fuera pequeños obstáculos: una llamada, una conversación, un objeto que no encontramos, tráfico, una fila inesperada o simplemente el tiempo que necesitamos para cambiar de una actividad a otra.

Cada imprevisto puede parecer insignificante.

Todos juntos pueden convertir una predicción de 20 minutos en una realidad de 35.

Por eso, la persona que llega tarde no necesariamente está ignorando el reloj. Puede estar haciendo una predicción demasiado favorable sobre lo que ocurrirá entre el momento presente y la hora de llegada.

Y sí: algunas investigaciones han relacionado la sensación de control con las estimaciones de tiempo

Aquí es donde aparece una de las afirmaciones más llamativas que circulan sobre la impuntualidad.

Se ha dicho que las personas que llegan tarde son “controladoras” o que lo hacen para convertirse en el centro de atención. La evidencia no permite hacer una afirmación tan general.

Lo que sí existe es investigación que ha encontrado una relación entre la sensación de poder o control y la manera en que algunas personas realizan estimaciones temporales.

Esto no significa que alguien que llega tarde deliberadamente quiera hacer esperar a los demás.

La diferencia es importante.

Una persona puede sentirse perfectamente en control de su día y, precisamente por esa confianza, calcular que puede terminar una tarea más antes de salir.

El resultado puede ser paradójico: cuanto más seguros estamos de que podemos manejar una situación, menos margen dejamos para que algo salga diferente de lo previsto.

También influye nuestra relación con la multitarea

Otra pieza del rompecabezas es la tendencia a hacer varias cosas a la vez.

Un estudio realizado por investigadores de San Diego State University analizó, entre otros factores, la relación entre la policronicidad —la preferencia por realizar varias actividades simultáneamente— y la impuntualidad.

Los resultados encontraron una asociación entre una mayor preferencia por realizar múltiples actividades y una mayor tendencia a llegar tarde.

La explicación resulta bastante intuitiva.

Mientras una persona piensa:

“Termino esto y después me voy”,

otra puede pensar:

“Mientras se hace esto, aprovecho para responder aquello”.

El problema aparece cuando el cerebro trata varias tareas como si pudieran completarse sin ningún coste adicional de tiempo.

Pero las actividades se interrumpen, requieren cambios de atención y generan pequeñas demoras.

Y esos minutos terminan sumándose.

falacia de planificación

Hay personas que necesitan la presión del último minuto

Para algunas personas, además, la cercanía de una fecha límite funciona como un disparador.

Mientras tienen tiempo de sobra, pueden sentirse poco motivadas para empezar o terminar una tarea. Cuando el reloj comienza a apretar, su concentración aumenta.

Eso puede crear un patrón repetitivo:

tranquilidad → retraso → presión → concentración → llegada tarde.

El problema es que este sistema puede funcionar algunas veces.

Y precisamente por eso puede convertirse en un hábito.

Si una persona consigue completar sus tareas bajo presión en numerosas ocasiones, puede empezar a confiar demasiado en que volverá a conseguirlo la próxima vez.

Hasta que un día aparece un atasco, una llamada, una tarea inesperada o cualquier otra circunstancia que rompe el cálculo.

Llegar tarde no significa automáticamente ser irresponsable

Este es probablemente el punto más importante.

La impuntualidad puede tener muchas explicaciones y no permite diagnosticar por sí sola un rasgo de personalidad ni un trastorno psicológico.

Algunas personas simplemente calculan mal cuánto tiempo necesitan. Otras se distraen fácilmente. Algunas sobrecargan sus agendas. Otras funcionan mejor bajo presión y dejan las cosas para el último momento.

Y también existen personas que llegan tarde porque tienen dificultades persistentes para regular la atención, organizar tareas o percibir el paso del tiempo. En esos casos pueden existir circunstancias psicológicas o neurológicas que merezcan una evaluación profesional, pero llegar tarde ocasional o habitualmente no basta para sacar esa conclusión.

La pregunta que puede revelar por qué siempre llegas tarde

La próxima vez que estés a punto de salir y pienses “todavía tengo tiempo”, prueba algo diferente.

En lugar de preguntarte:

“¿Cuánto tardaré en hacer esto?”

pregúntate:

“¿Cuánto tardé realmente la última vez?”

La diferencia parece pequeña, pero cambia el punto de partida.

En lugar de construir una predicción basada en el escenario perfecto, estás utilizando una experiencia real.

Y hay otra pregunta todavía más útil:

“¿Qué suele hacer que llegue tarde?”

¿Te entretienes antes de salir?

¿Intentas hacer demasiadas cosas?

¿Subestimas el tiempo que tardas en prepararte?

¿Te distraes?

¿Sales siempre con el margen mínimo?

¿O simplemente confías en que todo va a salir bien?

Encontrar el patrón puede ser más importante que mirar el reloj una y otra vez.

Quizá el problema no sea que tengas poco tiempo

La próxima vez que alguien te diga que siempre llegas tarde, quizá no sea tan sencillo como responder que “no sabes organizarte”.

La investigación sobre el tiempo sugiere algo bastante más interesante: nuestro cerebro no siempre es un buen cronómetro cuando intenta predecir el futuro.

Podemos subestimar la duración de las tareas, sobrevalorar lo rápido que podremos hacerlas, llenar cada minuto disponible y confiar en que no aparecerán imprevistos.

Y entonces ocurre lo de siempre.

Miramos el reloj.

Nos damos cuenta de que vamos tarde.

Y pronunciamos las cinco palabras que probablemente comenzaron todo:

“Todavía me daba tiempo.”

Quizá ahí esté precisamente el problema.

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